Luego de haber luchado con
dragones, matado bestias marinas, conquistado los misterios del océano, navegado
en lava ardiendo, creyó que su amor por la princesa era más que evidente. Él la
amaba, y se sabía correspondido. Aquella serie de eventos no eran más que una
mera confirmación de su inagotable amor por ella.
Al regresar en medio de proezas
dignas de mitología, la princesa se había marchado. Ella no quería que el le
demostrara su amor por medio de grandes hazañas que implicaban su enamorada
ausencia; ella quería (y le bastaba), que él tomara su mano y con su sola
presencia dijese te amo.
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