miércoles, diciembre 2

Otra fase.

Cuando estás drogado todo tiene un toque de magia. El glorioso sexo, las sonrisas eternas, la talla más fome se convierte en un stand up comedy en tu formato favorito. La gente, los recuerdos, las vivencias  y cada trocito de vida que ahí avocas, ya sabes, la droga es maravillosa, aún sin especificar.


Cuando estás drogado y enamorado, la cosa es distinta. Pero y si te enamoras estando drogado, ¿de qué te enamoras? ¿Del efecto que en ese momento te produce tu compañero o de tu compañero? Claro, tienes más tiempo de apreciar sus detalles, el tiempo comienza a detenerse, sus ojitos parpadean más atractivos, porque, ya sabes, estás drogado y todo es atractivo en ese estado. Aprecias, aprendes, agilizas la mente y la ralentizas para percibir mejor el momento. Él te observa, detenidamente y quizás, bajo los mismos efectos. El nivel de empatía tiende a aumentar en estas situaciones – deberíamos estar todo el tiempo drogados, nos hace mejores personas tal vez – y te vuelves cómplice del desconocido, y te vuelves tu cómplice también, porque sin inhibiciones, te vuelves tú. La sonrisita, el jiji, el jaja, el ya, el día que se hace noche, y la noche que se hace acogedora; la tarde que se hace mañana, y la mañana un caminar sonriente. Entonces te enamoras en serio, y la droga comienza a ser otra. 

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