Supongo que si dos años y nueve
meses después volviéramos a hablar, ya sabes, como esa noche en que comenzó la
historia, pero no en ese ayer, sino en el hoy, tendríamos historias bien
distintas que contar. Tus penitas serían otras, quizás serían más grandes o más
chiquitas, porque yo las viví contigo, y eran terribles, abrumadoras, y de
imaginar vivirlas yo en carne propi, te admiraba, te amaba y me sentía bajo la
sombra del hombre más grande del mundo. Tus sonrisa también sería otra, porque
yo no habría estado en la reparación de ella en tus inicios, simplemente la
habría conocido con tus mini dientes que eran la máxima expresión de felicidad
(si dejan de serlo en algún momento, será el día en que la tierra pierda al ser
sonriente más pulento).
Yo no sé qué haces ahora, son las
3:03 am de un 2 de diciembre, y yo te escribo porque pensé en el desamor, y el
desamor tiende a asociarse al amor, y el amor tiendo a asociarlo a lo que viví
contigo y con otra persona de la que me aparté hace poquito, porque no podía
dejar una vez más de lado el amor que me debo, el amor que debo desarrollar en
mí y por mí.
Yo pienso entonces en los
momentos felices, en los momentos tristes, y me arrepiento tanto de no haberte
dicho todo lo bueno que veía en ti aún estando enojada u odiándote por un
instante. No es que ahora importe, tengo claro que lo sabes, si no lo sabes, me
gustaría pensar que te lo harán saber, si nadie lo hace, alguien lo hará porque
es inevitable ver lo bueno que hay en ti. Un buen hombre, una gran persona, un excelente
amigo, un pésimo enemigo (porque odiar no era lo tuyo, parece), un hijo
cercano, un dije como hermano (me salió verso sin mayor esfuerzo).
Te escribo porque me he acordado
de la gente últimamente, de la gente bonita y de la gente fea, que al final
terminé pensando que era toda bonita porque tenía razones para ser fea. Te
escribo porque creo que no lo leerás, te escribo simplemente porque no hablamos
como antes y no lo haremos en mucho tiempo más cuando nos volvamos a encontrar.
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