La extraña sensación de incomodidad me impedía abrir los ojos por temor a encontrar algo irreal, o quizá demasiado real, como para volver al profundo vacío diario que se imponía ante mí.
Todo era tan llano, tan claro, tan puro... y a la vez demasiado sucio e inútil para ser parte de este mundo. Me levanto y extiendo mis brazos hacia el infinito, y me convierto nuevamente en el esclavo de una despedida que jamás llega. Abro mis ojos con la serenidad que sólo las frías mañanas de otoño, bañadas en su propia brisa y llovizna marrón me entregan.
Tan naranja, tan celeste, tan rosa y a la vez gris.
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